VINTAGEHOLIC

Pasado. Presente. Futuro. ¿Y qué más da? Hay que dejar lo pasado atrás para construir el futuro, afirmarán algunos. Para poder avanzar, debemos mirar hacia delante. Pero lo cierto es que los recuerdos nos asaltan una y otra vez.

Puede que sea una de las consecuencias de la memoria humana, esa compleja maquinaria cerebral que nos permite no solo recordar, sino no olvidar. Continuamente revivimos el pasado con el fin de encontrar la clave que puede que nos guíe en nuestro presente. Buscamos en tiempos remotos las herramientas con las que construir el futuro. Una paradoja que repetimos constantemente.

La moda es cíclica, las tendencias se reinventan, vienen y van. Pero no solo se trata de simples artículos de consumo,  más bien es una serie de  pensamientos, sensaciones o ideas que surgen de nuevo en el imaginario colectivo. Se trata de un fenómeno que afecta especialmente a las sociedades occidentales, las únicas que tienen tiempo para dedicarse a aquellos aspectos de la vida que muchos considerarían banales.

Pero al igual que recordamos, también olvidamos. Lo importante demasiado rápido y aquello que es superfluo lo guardamos durante meses. Por ello, esperamos ansiosos el inicio de cada temporada para conocer las nuevas tendencias que los maestros de la moda han “seleccionado” para nosotros. Y también temporada tras temporada; primavera, verano, otoño e invierno acudimos a comprar todo lo necesario para no quedarnos atrás, en un afán consumista, en el que nadie quiere quedarse atrás. Nos lanzamos a descubrir “lo nuevo”, cuando posiblemente se trate de prendas que ya llevaron nuestras madres y abuelas, pero que en el siglo XXI han perdido toda su autenticidad.

En los últimos años, firmas de lujo y marcas low cost, han reinventado sin cesar los felices 20, la estética pin-up de los 40 y 50, y los sueños de los 60. También ha habido lugar para el desenfreno de los 70, los 80 y sus excesos y los coloridos años 90.

Llega un punto en el que apenas hay innovación. Repetir aquello que triunfó en su día, es una manera de asegurar el éxito, pero ¿dónde quedó la creatividad? ¿Dónde están ya esas ganas de transgresión? Nos hemos vuelto conservadores y vivimos con demasiado apego hacia aquello que nos da confianza. En pocas palabras, actualmente pocos se atreven a salir de la “zona de confort”.

Como consecuencia, desde el resurgir de los hipsters, allá por el 2012, una nueva tendencia saltó a las calles. Se trataba del gusto por el vintage. La moda fue una de las áreas en las que esto se hizo evidente con mayor rapidez. ¿Quien diría que las cazadoras extragrandes de nuestros padres llegarían a ser lo más cool del armario? De prenda de “kinkis” a fetiche de cualquier fashion víctim. Algo parecido pasó con las tiendas de segunda mano. Locales con cierto encanto que permanecían en el ostracismo, donde nadie entraba a no ser que fuese una cuestión de necesidad. Ahora, en ellas podíamos encontrar los tan deseados como clásicos Levi’s 501, las míticas bombers de los 90 y las camisas hawaianas que hace no tanto nos parecían algo extremadamente portera. Acto seguido marcas como Adidas o Nike, lanzaron rediseños de sus piezas más icónicas. Todos queríamos escuchar los vinilos que acumulaban polvo en los trasteros y retomar la fotografía analógica. Buscábamos sin cesar las gafas de John Lennon y las de Kurt Cobain, por dispar que fuese su estética. Los chokers y bandanas ahora son el complemento ideal para asistir a cualquier festival que se precie. Eventos como Coachella, que rinden tributo al mítico Woodstock de 1969.

Incluso el auge de la cultura veggie, la cocina tradicional, lo ecológico y el aumento del consumo de heroína, tienen su origen en ese gusto por todo lo antiguo, lo que los nostálgicos denominan vintage.

A pesar de que todo en la vida se compone de ciclos, parece que hemos encallado en un punto muerto, sin retorno, un bucle del que parece casi imposible salir.

¿Tanto miedo nos da el futuro, que acaso alcanzarlo no entra en nuestros planes?

Por Andrea Menéndez Cuerdo

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