RECONVERSIÓN

Furia, desesperación, ira. Todo ello puede transformarse en belleza si utilizamos las formas adecuadas. El color, la creatividad, la filosofía se unen con un fin. Conseguir un sueño, luchar por el cambio.

Pobreza, familias destruidas, historias incompletas. Chicos que se refugian en la delincuencia como forma de eludirse de los problemas. Jóvenes que sueñan con grandes futuros. Futuros que en la mayoría de los casos no llegan al puerto esperado. Hace años Harlem fue uno de los barrios más peligrosos y marginales de la isla de Manhattan. Muertes, peleas, drogas, atracos. Todo ello formaba parte de las vidas de todos aquellos que se veían en la obligación de vivir en este tipo de barrios. Harlem esta en plenos siglo XXI divido en tres sectores: la zona blanca, la zona latina y por último la zona de población negra. Se habla de que Estados Unidos es el país de las razas, de las culturas. Realmente el racismo sigue presente y Harlem es un claro ejemplo. La división de las personas por el color de su piel, la distinción del ser humano por su cultura natal.

El choque de razas daba como fruto las peleas y creaba un ambiente de inseguridad en este barrio. La policía recogía cadáveres cada mañana después de los conflictos por tráfico de drogas o incluso por sobredosis. Los jóvenes aprendían de estas prácticas y así se iba desarrollando Harlem, al rededor de la delincuencia y la desesperación. El graffiti era uno de los mayores entretenimientos para los chicos, que lo utilizaban  como queja, denuncia. Las calles manchadas con pinturas sin sentido, no era arte, era vandalismo, puro pillaje. Conocido como el  barrio oscuro de la Gran Manzana, Harlem se convirtió en el museo de las paredes pintadas, del miedo, de la pobreza, del mal gusto.

El cambio era necesario, pero nada fácil. Los jóvenes eran el motor que se necesitaba para llevar a cabo ese giro. Pero alguien debía dirigirles, ser su luz, su maestro. El graffiti no es siempre vandalismo, no consiste en ensuciar con pinturas absurdas las calles. Es más que eso, pero como todo el arte, hay que saber interpretarlo, y sobre todo hacer un uso correcto de él.

Un nombre. El nombre que se fue haciendo famoso en todo el barrio, el que se abrió camino entre todos esos jóvenes que se sentían perdidos y echaban sus vidas a perder. Conocido como Franco The Great, su misión fue conseguir que los adolescentes encontrasen en el graffiti una inspiración, una escapatoria para sus los problemas. Y así fue, este hombre se convirtió en el referente más importante para los muchachos que vieron en el graffiti una liberación. A través de este arte dieron con la clave para salir de esas vidas llenas de desilusión. Verdaderas obras de arte comenzaron a decorar Harlem hasta convertirlo en un barrio diferente, renovado. A partir de ese momento todo cambió. Harlem se convirtió en un lugar más tranquilo y por supuesto más animado. Hoy esta adornado con las pinturas de Franco. Cada una de ellas cuenta una historia, un sentimiento, incluso una denuncia.

Aclamado por sus seguidores como “el Picasso de Harlem” el artista sigue siendo ejemplo para muchas generaciones en Nueva York. Su historia marcó el principio y el fin del camino de degradación por el que se dirigía el barrio arrastrando consigo a todos aquellos que se dejaban llevar por la desesperación y las malas costumbres. Internacionalmente es respetado por su fórmula “Arte Nuevo”. Pinturas en puertas de metal para escaparates eran sus principales encargos. Sus fans le tenían como el salvador de Harlem, el que cambio la historia de sus vidas. Crear una galería de arte, embellecer la realidad, ese es el objetivo de Franklin Gaskin.

Nacido en Panamá, fue enviado a los Estados Unidos en 1958 por su abuela para continuar su carrera como artista. Gracias a la prensa española Franco fue conocido en muchos países y esto le permitió trabajar en toda España. La muerte de Martin Luther King ocasionó numerosos disturbios en Harlem y por ello los comerciantes del barrio se vieron obligados a utilizar puertas metálicas en sus establecimientos. El aspecto de los escaparates daba una imagen triste a toda la zona. Fue justo ahí donde Franco vio la oportunidad de cambiar las cosas. En 1978 comenzó a decorar las puertas de acero proporcionándole luz y vida al barrio. Su primera pintura basada en el tema “Debo florecer donde soy plantado”, al igual que el resto de sus obras, muestra su filosofía. Hoy todavía podemos disfrutar de su creatividad a las puertas del famoso teatro Apollo en la calle 125. Muchos famosos pasaron por ese teatro: Michael Jackson, Ella Fitzgerald, Aretha Franklin…y dejaron en él sus increíbles voces. Pero también pasaron por delante de las obras del “Picasso de Harlem” y disfrutaron de su arte. Franco ha recibido invitaciones de muchas partes del mundo, Francia, Alemania, Suiza, Japón, África y muchos otros se han rendido a sus pies. El artista ha preferido permanecer en su calle, donde todo empezó, para seguir mostrando su talento y recibir a los turistas que se acercan a él para contemplar esas obras que todavía se conservan y adornan bares, colegios, guarderías e incluso discotecas en la ciudad de Nueva York.

Hoy no hay peligro en Harlem, y si lo hay, no es mayor al del resto de la ciudad. Los jóvenes son capaces de cumplir sus sueños. Han avanzado, ya nada es lo que era. La zona afroamericana se ha convertido en un lugar tranquilo donde las familias viven a gusto recordando a las estrellas que por allí pasaron. Orgullosos del legado y las enseñanzas que el maestro, Franco, les dejó y que aún sigue haciendo.

Su humor siempre alegra a todos los turistas. Se hace llamar “el primer y único gallego negro”. Su amor por España es más que evidente. Solo hay que tener la oportunidad de hablar con él. “Yo también soy español”

Por: María Del Olmo Requena

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