LA PURGA

“El rosa para las niñas”. “El azul para los niños”. “Los chicos no se maquillan”. “Las chicas llevan el pelo largo”. “Los niños no lloran”. “Las niñas no pegan”. “¡No grites a esa niña!” “Siéntate derecha, como una princesita”. “¿Pero qué te pasa tío, eres maricón?” 

Palabras. Frases que escuchamos a diario. Las escuchamos y las repetimos. Son solo palabras. Pero quizá no. Quizá sean mucho más que eso. Tópicos que desde la más tierna infancia se desarrollan en nuestro interior. Y es que sí, pueden parecer solo palabras. Pero una sola palabra puede llegar a matar.

Durante siglos, hemos vivido oprimidos por los prejuicios sociales. Mujeres y hombres. Se nos decía cómo hablar, cómo actuar, dónde ir e incluso a quien amar. ¿Locura? ¿Distorsión? No. Realidad. Una cruel realidad que tras mucho esfuerzo parece que va cambiando.

El amor, esa cualidad que nos distingue de las bestias. Esa sensación que conmueve, revuelve, pone los pelos de punta, cierra el estómago y abre la mente. La conexión con el otro. Nos desconecta y a la vez conectamos con el universo, con nosotros mismos, a través de los demás. El amor, que como otros sentimientos no se puede medir ni pesar. Tampoco se puede forzar amar, ni se puede forzar dejar de amar. No se elige, como tampoco elegimos de manera consciente a aquellos sobre los que volcar nuestro afecto.

Por suerte para todos los que vivimos en España, disfrutar del amor libre y sin limitaciones de género es más o menos una realidad. La homosexualidad, pansexualidad, transexualidad y poliamor son realidades cada vez más aceptadas. Derechos que compartimos con otros países de Europa occidental. Pero no todos pueden considerarse igual de afortunados.

¿Qué es lo primero que se te viene a la mente?¿Los países árabes, verdad? Naciones en las que casi cualquier demostración de amor, que no se ajuste a los estándares es un delito que se paga con la vida. Pero existen también otras religiones para las que los homosexuales suponen un peligro que es necesario eliminar. Algo que sucede en Rusia, un país que dejó atrás el comunismo pero aún así vive anclado en el pasado. La iglesia ortodoxa rusa, acusa a los gais de pedófilos y justifica su persecución indiscriminada en aras de proteger al resto de la sociedad.

Hasta aquí todo parece “normal”. Se trata de un caso más en el que se violan los derechos humanos bajo un clima de aparente legalidad. Otro caso ante el que la comunidad internacional no reacciona.

Hace unas semanas, esta situación se volvió de nuevo viral y desató todas las alarmas en redes sociales.

Existe una región al sur de Rusia, justo en la frontera con Georgia, conocida como Chechenia. A pesar de encontrarse dentro del territorio ruso, es un estado independiente, por lo que tiene derecho de autodeterminación. Chechenia se rige por los valores del Islam y muchas de sus costumbres podrían parecernos propias de otro tiempo. Existe una conocida como “crimen de honor” para hacer referencia a aquellos actos que podrían manchar el buen nombre de una familia y por tanto se castigan con la muerte. La homosexualidad sería uno de los principales “crímenes de honor”, tanto es así, que las familias están obligadas por ley a delatar a aquellos de entre sus miembros sospechosos de tal conducta. Por si esto no fuese lo bastante espeluznante el gobierno de la región, ha creado unos “centros para gais”, similares a los campos nazis y comunistas, donde se somete a estas personas a todo tipo de torturas y vejaciones.

¿Existe algo peor que delatar a tu propio hijo o torturar a tus semejantes? Pues sí. La crueldad humana va más allá. Leer estas líneas y no hacer nada puede llegar a ser una acción más atroz que las de los propios torturadores. Y es que ya no se trata de una cuestión de derechos del colectivo LGTBI, sino que es una cuestión de derechos humanos, que nos afecta a todos.

¿Qué podemos esperar de un mundo impasible ante la miseria humana?

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Para más información: las redes sociales se han movilizado frente a la injusticia y muchos influencers españoles se han posicionado respecto a este tema.

Por: Andrea Menéndez Cuerdo

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  1. Pingback: UNGENDERED… ¿REALLY? | ELEVEN

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